
Al amanecer, cuando llegaron a la playa, María notó que su mano aún estaba herida. Un policía que portaba su arma la detuvo para pedir sus documentos, la luz radiente del sol no dificultó la revisión. Su DNI estaba vigente pero el uniformado corroboró la imagen con las fisonomías. María era menor de edad, sus ojos era pardos y su piel morena derretía a todo aque que la veía, vestía un faldón azul y una blusa delgada tan sencilla como la ropa del policía. Raúl Tafur, su enamorado, que caminaba con ella, era mayor y simpático, el vestía una camisa de Oscar de la Renta y un pantalón de cuero. Era lo opuesto a María, estatura mediana, ocioso y tenía los dientes chuecos de los que se notaban a simple vista. Pero el secreto de ambos de su situación era el elegante perro de raza maltes, cuyo pelaje era largo y sedoso, un can que no era común de ver. Su caracter era de ser protector y dócil con la casa pero muy amigable de otras razas de perros y personas. El perro estaba con un collar de oro de 18 kilates que fue admiración desde la infancia de María antes de que conociera a Raúl, su polo opuesto.

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